La
cultura popular medieval bretona atribuye al obispo San Ronan, consagrado por
San Patricio, ciertos componentes legendarios cuando, a pesar de sus
innumerables virtudes, decide abandonar la sociedad urbana para retirarse a la
soledad del bosque como eremita. Algunas personas deseosas de consejos sabios
le visitan, entre ellos un hombre que abandona a su mujer para abrazar el
hábito. Dicha mujer, movida por el odio, acusa a San Ronan ante el noble local,
Gradlon, de asesinar niños e inocentes durante las noches, desvelando su
identidad de lobo pese a su apariencia humana. Gradlon hizo llamar al santo y
le dijo que soltaría a sus perros de presa, muy fieros con los lobos, para
comprobar su ferocidad. Los canes se abalanzaron hacia San Ronan; sin embargo,
al levantarse, estos se volvieron mansos y se postraron en reverencia. El
gobernante probó la inocencia del santo y este perdonó a la mujer, que continuó
odiándole e inventándose rumores sobre él. La historia de Ronan dio pié a
numerosas leyendas en la tradición oral y literatura local.
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